Seis meses después, Ethan organizó una pequeña cena en un salón comunitario alquilado para celebrar el primer gran contrato hospitalario de su empresa.
No había candelabros de cristal.
No hay torre de champán.
Solo barbacoa, mesas plegables y gente que supiera reír sin hacer daño a nadie.
Al frente de la sala, Ethan me llamó para que me acercara.
Odiaba llamar la atención, pero él se negó a dejarme sentada.
"Esta empresa existe porque alguien creyó que valía la pena sacrificarme por mí", dijo, con la voz cargada de emoción. "Mi hermana me dio una vida antes de que supiera cómo darle las gracias."
Luego me entregó un sobre.
Dentro había una escritura.
Una casita pequeña.
Pagado íntegramente.
En mi nombre.
Rompí a llorar antes de poder hablar.
Ethan me abrazó delante de todos.
Esta vez, cuando la sala quedó en silencio, no fue por vergüenza.
Era porque todos entendían lo que había costado el amor.
Y por último, el amor que había regresado.
