Me amenazó con divorciarse por mi hotel de 150 millones de dólares. Al amanecer, mi abuela había convertido su codicia en una trampa.

Pero el hotel no fue el mejor regalo.

El mayor regalo fue entender que nunca había sido débil.

Simplemente pasé años rodeado de personas que necesitaban que creyera que lo era.

Cuando estalló el último fuego artificial sobre el lago, firmé el último documento que ponía fin a mi matrimonio.

Luego me giré hacia el salón de baile, donde cientos de empleados e invitados me esperaban.

Por primera vez, el Bennett Grand ya no se sentía como el legado de mi abuela ni como el campo de batalla de mi padre.

Sentía que era mío.