Mi padre dejó su fortuna a mi hermanastro, y lo único que heredé fue el viejo acuario, pero cuando abrí el pequeño cofre del tesoro en el fondo, me puse pálida

Parte 2: El secreto en el funeral

Pasaron dos años después del divorcio.

Troy y yo solo nos veíamos de vez en cuando: en los cumpleaños de nuestros hijos, en reuniones familiares o por casualidad en el supermercado. Siempre fuimos educados, pero distantes.

Nunca explicó las habitaciones del hotel.

Nunca me dijo dónde había ido el dinero.

Y aunque nunca apareció otra mujer, las preguntas sin respuesta se quedaron conmigo.

Luego, una tarde, nuestra hija llamó desde el hospital.

Troy murió repentinamente.

Durante varios segundos, no pude hablar.

Ya no estábamos casados, pero él seguía formando parte de casi toda mi vida. Le conocía desde la infancia. Habíamos criado hijos juntos. Habíamos compartido décadas de recuerdos antes de que todo se viniera abajo.

Asistí al funeral, aunque no estaba seguro de dónde pertenecía.

La iglesia estaba llena de gente que nos recordaba como pareja. Viejos amigos se me acercaron con sonrisas tristes y me ofrecieron sus condolencias.

"Era un buen hombre", decían.

"Siento tu pérdida."

Les di las gracias, aunque no sabía si aún tenía derecho a llorarle.

Cerca del final del servicio, el padre de Troy, Frank, se me acercó.

Tenía ochenta y un años y estaba claramente inestable. Sus ojos estaban rojos y su voz cargada de emoción.

"Todavía no lo sabes, ¿verdad?" dijo.

Me aparté.

"¿Saber qué?"