Luego me fui.
Y nunca miré atrás.
Fuera, el aire frío me golpeaba la cara como si fuera la libertad.
Por primera vez en meses, sentí el pecho ligero.
Mi móvil vibraba repetidamente en el bolsillo.
Lo ignoré.
Más tarde esa noche, metí las cosas de Stephanie en unas pocas bolsas.
Solo lo esencial.
Ropa.
Documentos.
Objetos personales.
Cuando por fin me senté al borde de la cama, esperaba sentir rabia.
O desamor.
O arrepentimiento.
Pero en cambio...
Sentí algo mucho más fuerte.
Paz.
Porque no acababa de desenmascarar una mentira.
Había escapado de uno.
