Mateo se quedó quieto. Podía ver años de culpa creciendo en él—el chico que había sido entrenado para creer que los problemas de su madre siempre eran su responsabilidad.
Luego se enderezó.
"Sí", dijo. "Si no te vas, les llamaré."
Pero Nora no hizo la maleta.
Desempacó.
Luego sacó una carpeta roja.
Cancelamos la cena y vimos desde la habitación del hotel, grabando todo. Nora sacó papeles de la carpeta, abrió nuestro correo y empezó a rellenar formularios. Uno de ellos parecía un documento de cambio de dirección.
No planeaban quedarse ni una noche.
Intentaban establecer su residencia.
Llamé a mi amiga Marisol, que vivía cerca. Ella condujo y aparcó fuera, pero no entró. Mateo llamó a la policía y explicó todo: éramos los dueños, estábamos fuera de la ciudad, y su madre y su marido habían entrado con una copia de la llave.
Cuando llegaron los agentes, Nora alegó que se trataba de un malentendido familiar.
Entonces un agente dijo: "Su esposa también es propietaria."
Nora se quedó paralizada.
Ella había asumido que la casa solo pertenecía a Mateo y que yo solo era un obstáculo.
Mateo envió los vídeos a la policía: la llave copiada, la llamada diciéndoles que se fueran, la carpeta, los papeles, las maletas.
Los agentes le dijeron a Nora y Armando que recogieran sus cosas.
Fue entonces cuando salió la verdad.
