Habían pasado casi dos meses desde aquella noche lluviosa en la que sentí, con dolorosa claridad, que mi presencia en casa de mi hija sobraba. Mientras tanto, ella solo me había llamado dos veces. La primera, para saber cómo estaba. La segunda, para preguntarme si aún conservaba mi viejo taladro en el garaje. Respondí amablemente en ambas ocasiones. No le hice reproches, no le dije que la extrañaba ni le pregunté cuándo pensaba invitarme. Simplemente dejé de aferrarme a una vida que ya no me concernía.
El encuentro que lo cambió todo
Una mañana de miércoles, estaba sentado en el parque cuando un hombre de edad similar a la mía se sentó en el banco de al lado. Se llamaba Mircea, tenía sesenta y siete años y había sido profesor de música. Acudía al parque casi a diario con un tablero de ajedrez bajo el brazo.
—¿Juegas? —me preguntó.
—Muy mal —respondí.
—Perfecto. Yo también.
—En un río. Así empezó todo.
Un nuevo proyecto entre amigos de sesenta y cuatro años. A través de Mircea conocí a otras tres personas. Empezamos a reunirnos los miércoles para jugar al ajedrez y los viernes en una pequeña cafetería del centro. Cuando se enteraron de que tenía una guitarra en casa, insistieron en que la llevara. Hacía casi treinta años que no tocaba en público.
La primera noche que toqué para ellos, me temblaban los dedos. Pero sucedió algo que no experimentaba desde hacía mucho tiempo: nadie miraba el teléfono, nadie miraba el reloj; todos me escuchaban. Para otros, esto podría parecer un detalle insignificante. Para mí, lo era todo.
La llamada sin respuesta
