El auditorio bullía de emoción: familias ajustando los objetivos de las cámaras, madres acomodando los cuellos, padres dándose palmaditas en los hombros con orgullo. Filas de graduados con togas azul marino llenaban los asientos, su charla subiendo y bajando como una marea de expectación.
Al fondo de la tercera fila estaba sentada una chica que no decía nada.
Se llamaba Lily Harper.
Mantuvo las manos entrelazadas con fuerza en el regazo, los dedos retorciendo el borde del programa hasta que el papel se suavizó. A su alrededor, los estudiantes se apoyaban en sus familias—riendo, susurrando, compartiendo miradas tranquilas y significativas. Pero Lily se sentó sola.
Nadie había venido a por ella.
Hoy no. Nunca.
Había crecido en una residencia grupal a las afueras de la ciudad—un lugar donde se compartían cumpleaños, se donaban regalos de Navidad y "familia" era una palabra que siempre le parecía un poco fuera de alcance. Aun así, Lily había trabajado duro. Había estudiado hasta altas horas de la noche bajo luces tenues, decidida a hacer algo de sí misma.
Hoy se suponía que era el comienzo.
Pero al mirar alrededor del auditorio, algo dentro de ella dolía.
Porque los comienzos son más fáciles cuando alguien está allí para presenciarlos.
