En mayo de 1987, el Festival de Cannes se rindió a los pies de una figura que parecía haber salido de un cuento de hadas. La princesa Diana, del brazo del príncipe Carlos, avanzó por la alfombra roja con una elegancia que dejó sin aliento a la prensa internacional. Sin embargo, lo que muy pocos advirtieron aquella noche fue que su vestido azul pálido no era simplemente una elección estética: se trataba de un mensaje cifrado, un homenaje íntimo a otra realeza que había cargado con el mismo peso invisible que ella.
Un vestido con historia propia
La pieza había sido confeccionada por Catherine Walker, la modista de confianza de Diana y una de las pocas personas que conocían los códigos secretos que la princesa gustaba de introducir en su vestuario. El tono azul glacial de la tela no fue casual. Se trataba de una referencia deliberada a otra soberana que había marcado el imaginario colectivo del siglo XX: Grace Kelly, princesa de Mónaco.
Cinco años antes, en 1982, Grace había fallecido en un trágico accidente automovilístico en la Costa Azul. Un destino que, con una coincidencia estremecedora, Diana terminaría compartiendo casi una década después. Entre ambas mujeres se había tejido, en vida, una conexión discreta pero profunda, y aquel vestido era una de sus manifestaciones más elocuentes.
Una referencia cinematográfica en la Croisette
El azul pálido escogido para la creación de Walker no era un tono cualquiera. Evocaba directamente el vestido que Grace Kelly había lucido en Para atrapar al ladrón, el clásico de Alfred Hitchcock filmado precisamente en la Riviera Francesa. El maestro del suspenso había elegido ese matiz para realzar el misterio y la belleza de su protagonista, envolviéndola en un aura de sofisticación etérea.
