A la mañana siguiente, llegué temprano para abrir el restaurante. La ciudad estaba tranquila, el cielo aún gris. Al alcanzar mis llaves, me quedé paralizado.
Había un sobre blanco pegado con cinta adhesiva a la puerta principal.
Mi nombre estaba escrito en ella con tinta azul temblorosa.
Mis llaves se me resbalaron de la mano cuando vi quién era.
Dentro del sobre había una nota sencilla y un cheque.
La cantidad me hizo doblar las rodillas.
Walter falleció de la noche a la mañana.

La nota lo explicaba todo — que Pickles estaba seguro con un amigo, que Walter había poseído varias propiedades antes de que la vida se desmoronara, y que había vendido la última recientemente. Escribió que no le quedaba familia. Escribió que mi amabilidad le recordaba quién solía ser.
Me diste de comer cuando no hacía falta, decía la nota.
Me has dejado sentir humana otra vez. Por favor, acepta esto. No es caridad. Es gratitud.
