Nunca fui la guapa.
No en el colegio. No en la universidad. No en ningún sitio que importara.
Era el tipo de chica a la que la gente miraba de reojo y se olvidaba al instante. De esos que son ignorados, ignorados o—en peores días—se ríen en voz baja. Aprendí pronto a encogerme, a ocupar menos espacio para que nadie notara lo fuera de lugar que me sentía.
Cuando terminé el instituto, ya había aceptado algo que la mayoría de la gente pasa años negando—
Nadie iba a enamorarse de mí nunca.
Excepto que Violet se quedó.
Ella era todo lo que yo no era: segura de sí misma, cálida, simpática sin esfuerzo. Pero nunca me trató como si fuera menos. Sobrevivimos juntos al colegio, y de alguna manera acabamos en la misma universidad, compartiendo un pequeño apartamento lleno de muebles desparejados y conversaciones nocturnas.
Por primera vez en mi vida, sentí... visto.
Tras graduarse, Violet decidió regresar a su ciudad natal.
No tenía un hogar al que volver. Mis padres lo dejaron dolorosamente claro hace años. Así que, en vez de empezar de nuevo solo en un lugar desconocido, la seguí.
Me dije a mí mismo que era práctico.
Pero la verdad era más sencilla.
No quería perder a la única persona que se había quedado.
Esa decisión lo cambió todo.
Porque así conocí a su abuelo.
Rick.
Tenía setenta y seis años, era rico y nada de lo que esperaba. Me imaginaba a alguien distante, frío o condescendiente. En cambio, era agudo, observador... y sorprendentemente amable.
Al principio, solo le veía en cenas familiares cuando Violet me invitaba.
Pero poco a poco, algo cambió.
Mientras todos los demás hablaban a su alrededor —de él, en realidad— él me hablaba a mí.
Hizo preguntas. De verdad.
Y cuando respondí, realmente escuchó.
Empezamos a hablar más. Largas conversaciones después de cenar. Tardes tranquilas en su despacho. A veces sobre libros, a veces sobre la vida, a veces sobre arrepentimientos que ambos llevábamos de diferentes maneras.
Con él... No era invisible.
Y eso me asustó más que nada.

