Algunos recuerdos se entreteñen tan profundamente en tu vida que revisitarlos parece reabrir heridas que nunca sanaron del todo.
Pero para entender lo que ocurrió veintitrés años después, hay que comprender el vacío que dejó atrás.
La policía trabajaba las 24 horas.
Interrogaron a todos.
Su novia.
Sus compañeros de clase.
Profesores.
Vecinos.
Cualquiera que hubiera hablado con él esa noche.
Las imágenes de seguridad del aparcamiento del colegio mostraron a Daniel caminando hacia su Honda alrededor de las 23:40.
Se detuvo junto a la puerta del conductor.
La cámara le captó hablando con alguien que estaba justo fuera de su campo de visión.
Solo una sombra.
Justo el movimiento suficiente para demostrar que otra persona había estado allí.
Entonces...
Nada.
No grabó ninguna cámara a dónde fue.
Ningún testigo recordaba haberlo visto después.
Era como si la tierra se hubiera abierto bajo sus pies.
Dos días después, la policía encontró su Honda abandonado en el aparcamiento de un centro comercial a unos cuarenta minutos del colegio.
Las llaves seguían en el contacto.
Su chaqueta de esmoquin estaba doblada cuidadosamente en el asiento del copiloto.
No lanzado.
No abandonado por pánico.
Doblado.

Como si tuviera intención de alejarse solo un minuto antes de volver.
Nunca lo hizo.
Su móvil se quedó en silencio exactamente a las 23:43.
No hubo retiradas de su cuenta bancaria.
No hay demandas de rescate.
No hay huellas dactilares que lleven a los investigadores a ningún sitio.
Sin cuerpo.
No hay sangre.
Sin pruebas.
Nada salvo preguntas que se multiplicaban con cada año que pasaba.
