Mi hijo de doce años regaló lo último que su padre le regaló. Tres mañanas después, cuarenta y siete paraguas abiertos aparecieron sobre nuestro jardín.
Todo empezó en una tarde fría y lluviosa cuando Eli llegó a casa completamente empapado.
Abrí la puerta principal con un paño de cocina sobre un hombro, ya frustrada tras otra llamada de la farmacia sobre una receta que seguía listada a nombre de mi difunto marido Darren.
Entonces vi a Eli de pie en el porche.
El agua de lluvia goteaba de su cabello. La camiseta se le pegaba al pecho y los labios le temblaban por el frío.
"Eli", dije rápidamente, tirando de él hacia dentro. "¿Dónde está tu paraguas, cariño?"
En el momento en que me miró, se me encogió el estómago.
Por favor, no el azul.
"Se ha ido, mamá", susurró.
El paraguas que lo significaba todo
El paraguas en sí no era caro.
Era azul, con un asa de madera y un botón plateado que siempre se quedaba a medias.
Lo que la hacía especial era la letra dentro de la correa.
La letra de Darren.
Años atrás, cuando Eli perdió constantemente todo lo que poseía, Darren había escrito su nombre dentro.
Después de que Darren falleciera, ese paraguas se convirtió en mucho más que protección contra la lluvia.
Se convirtió en un recuerdo.
Una conexión.
Un trozo de su padre.
"¿Qué quieres decir con que se ha ido?" Pregunté.
Eli tragó saliva con dificultad.
"Se lo di a alguien."
"¿Lo has regalado?"
Bajó la mirada al suelo.
Por un breve momento, no tuve paciencia.
No lo entendía.
Simplemente era una viuda cansada mirando cómo otra parte de mi marido desaparecía de nuestras vidas.
"Eli", dije en voz baja, "ese paraguas era de tu padre."
"Lo sé."
"¿Entonces por qué lo regalarías?"

