Porque por muy perfecta que estuviera la mesa, sabía que Diane entraría por esa puerta y de alguna manera encontraría una razón para que no estuviera bien.
Cada Acción de Gracias en esta casa le había pertenecido a ella.
Llegaba horas antes que los demás, llevando un bolso lleno de opiniones y una confianza que hacía parecer que era la dueña de la escritura.
En cuanto entró, nunca saludó primero.
Inspeccionó.
"Oh, cariño, el centro de mesa bloquea la línea de visión", decía, extendiendo la mano sobre mi mesa y moviendo algo que había acomodado con cuidado.
O:
"Madison, cariño, siempre doblamos las servilletas al revés."
Siempre.
Esa palabra me seguía a todas partes alrededor de Diane.
Siempre.
Nuestra familia siempre.
El camino correcto siempre fue su manera.
El año pasado fue cuando me di cuenta de hasta dónde habían llegado las cosas.
Diane había traído a varios primos a mi casa sin previo aviso y les había dado un recorrido.
No solo el salón.
No solo la cocina.
Mi dormitorio.
Todavía recordaba subir las escaleras y ver a gente junto a mi cómoda, riendo mientras Diane señalaba cosas como si estuviera presumiendo de una suite de hotel.
Más tarde, la encontré abriendo mi armario de la ropa blanca.
La miré incrédulo.
"¿Por qué estás rebuscando en mis cosas?"
Me miró como si yo fuera la que estaba siendo irrazonable.
"Oh, no seas dramática."
Entonces sonrió.
"Estás actuando como un invitado en tu propia casa."
Esa frase se me quedó grabada.
Porque lo peor era que no estaba completamente equivocada.
Empecé a sentirme como un invitado.
En mi propia casa.
Y cuando miré hacia el pasillo, Harley estaba allí de pie.
Lo había oído.
Siempre escuchaba.
Pero él siempre eligió la paz antes que a mí.
"Mamá no quiere decir nada con eso", había dicho.
Entonces se rió.
Esa misma risa fácil.
La risa que me hizo sentir que era la única persona en la sala que pensaba que algo iba mal.
"Déjala tener esto un día, cariño. Es más fácil."
Más fácil.
Esa palabra se había convertido en la tercera persona silenciosa en nuestro matrimonio.
Cada vez que Diane cruzaba una línea, Harley quería que las cosas fueran más fáciles.
Siempre que me sentía herida, él quería que las cosas fueran más fáciles.
Siempre que quería que estuviera a mi lado, él quería que las cosas fueran más fáciles.
Y de alguna manera, siempre se esperaba que yo hiciera las cosas más fáciles.
Me acerqué al aparador y volví a contar los platos.
Doce.
Suficiente para mí y Harley.
Suficiente para mis padres.
Suficiente para su tía y su tío.
Suficiente para Ryan y su novia.
Suficiente para los dos vecinos que siempre invitábamos porque se habían convertido en una familia.
Ya los había contado tres veces esa semana.
Quizá más.
Pero contar me ayudó a calmarme.
Algunas personas rezaban.
Algunas personas salían a pasear.
Conté platos.
Harley se apoyó en el marco de la puerta, observándome.
"Llevas semanas trabajando en esto."
"Me gusta que las cosas se hagan bien."
Sonrió levemente.
"Mamá siempre dice que te tomas todo demasiado en serio."
Miré hacia abajo a las copas de vino en vez de mirarle a él.
"¿De verdad?"
