A veces la gente destruye algo porque piensa que se interpone en el camino de lo que quieren.
Y a veces descubren que lo que destruyeron valía mucho más que la vista que había detrás.
Los doce sicomoros se mecen ahora fuera de mi ventana.
Cada temporada se va haciendo un poco más fuerte.
Un recordatorio de que el respeto importa.
Los límites importan.
Las consecuencias importan.
Y cuando alguien te quita algo valioso sin permiso, no debería sorprenderse cuando el camino que tienes por delante de repente se vuelve mucho más difícil de recorrer.
Al final, los propietarios obtuvieron su opinión.
Durante un tiempo.
Tengo doce árboles.
La tierra sanó.
La carretera se reabrió.
Y cada puesta de sol que desaparece tras esas ramas en crecimiento se siente como una promesa silenciosa de que algunas lecciones, una vez aprendidas, nunca se olvidan.
