Una tarde, Daniel regresó del pueblo con cara seria y me dijo que algunos hombres pensaban que una viuda no necesitaba tantas provisiones.
Vi cómo la nieve caía lentamente detrás de la ventana
y supe lo que significaba.
Trabajamos en silencio los días siguientes.
Reforzamos las puertas.
Reforcemos las ventanas.
Los niños mayores ayudaban a cargar la leña.
Los más pequeños recogían ramas.
Nadie se quejó.
Todos sabían que algo se avecinaba.
Una tarde, Daniel fue al bosque con Carlitos, el más joven de todos, a buscar leña.
Minutos después...
Escuché un disparo lejano.
Cuando Daniel regresó, llevaba al niño en brazos.
Carlitos era muy débil.
Y temblaba de frío.
Lo tumbamos cerca del fuego.
Lo cubrimos con mantas.
Los otros niños se quedaron sentados
sin decir palabra.
Le cogí la mano
pequeña e intenté darle todo el calor que pude.
Aquella noche...
El niño descansaba en paz.
El silencio durante el entierro
fue más fuerte que cualquier palabra.
Pero algo cambió dentro de nosotros.
El miedo
dio paso a otra cosa.
A una decisión silenciosa.
Nadie más sufriría lo mismo.
Días después, un hombre del pueblo vino corriendo.
Traía noticias.
Los hermanos Canales venían.
Y no venían solos.
Esa noche el viento rugió entre los árboles.
La nieve golpeaba las ventanas.
Entonces los vimos.
Los hombres llegaron con antorchas
y comenzaron a gritar frente a la puerta.
El fuego comenzó a trepar por las paredes de madera.
Las llamas crecieron.
El humo llenaba el aire.
Luego abrí la trampilla que Samuel había construido años atrás bajo el suelo de la cocina.
Debajo de la casa
había un túnel antiguo.
Un túnel que conducía al bosque.
Los niños bajaron uno a uno.
Liliana los guiaba con una pequeña lámpara.
Daniel cubría la salida.
Cuando salimos al aire gélido del bosque,
miramos hacia atrás.
La casa estaba en llamas.
Iluminaba la nieve
como si fuera un amanecer rojo.
Pero todos los niños estaban conmigo.
Eso era lo único que importaba.
El caos obligó a los hombres a retirarse.
Uno de ellos no logró escapar.
