Todo el pueblo se burló de la viuda que guardaba demasiada comida en la colina.
Decían que había perdido la cabeza tras perder a su familia.
Pero cuando volvió el invierno y salió la verdad, todos entendieron por qué ella era la única preparada.
Cuando llegó julio, el patio de mi casa en las montañas parecía un lugar donde cada rincón trabajaba en silencio para sobrevivir al invierno que volvería tarde o temprano.
Bajo los grandes robles, se extendían gruesas mantas, de las que colgaban tiras de carne, secándose lentamente al sol.
Sobre mesas hechas de tablas viejas descansaban cestas llenas de patatas, chayotes y calabazas cortadas en finas rodajas.
El aire limpio de la montaña hacía su trabajo pacientemente, como si también supiera que todo esto era una promesa contra el hambre.
Cerca del arroyo había construido una pequeña casa de ahumado con piedras de río y ramas de mezquite.
Un hilo de humo gris se elevó de su bajo techo casi todo el día.
Más arriba construí varias estructuras altas donde colgaban pescados de río cuidadosamente salados, chiles rojos abiertos como flores y hileras de hierbas aromáticas que perfumaban toda la zona.
Bajo el suelo de mi casa cavé un sótano profundo donde guardaba patatas y nabos entre capas de paja para mantenerlos frescos durante meses.
Cada rincón de mi propiedad tenía comida.
El olor en la casa era fuerte:
sal, humo, fruta dulce y chili seco.
Incluso los coyotes que merodeaban por el bosque parecían desconcertados por ese olor.
Muchos en el pueblo empezaron a murmurar.
