Peor.
Esas risas bajas y cortantes que se quedan contigo mucho tiempo.
—¿Eso se supone que es un vestido? —preguntó una de ellas.
No respondí.
Solo me quedé allí.
Porque sabía que, si hablaba, mi voz iba a temblar.
Entonces llamaron a la puerta.
No fue un golpe fuerte.
Solo… firme.
Todos se quedaron en silencio.
Mi madrastra abrió.
Había un hombre de uniforme.
Postura recta.
Expresión seria.
