Cuando salí por esa puerta rumbo al baile, nada volvió a sentirse igual.
Ni la casa.
Ni las personas que vivían dentro de ella.
Ni siquiera yo.
Se habían burlado del vestido.
Pero nunca lo entendieron.
No se trataba de cómo se veía.
Se trataba de mis raíces.
De lo que llevaba conmigo.
De aquello que me negaba a perder.
Esa noche no me sentí invisible.
No me sentí pequeña.
