LA MADRE QUE LO DEJÓ IR TODO
A las cuatro de la mañana, Teresa ya estaba despierta.
Preparó tamales, removió atole, colocó pan dulce en recipientes de plástico y llevó todo al mercado del barrio. El vapor del atole empañaba sus gafas. El comal le quemó las manos. Sus pies se hincharon al mediodía.
Nunca se quejaba.
"¡Tamales oaxaqueños! ¡Fresco y caliente!" gritó con una calidez que disimulaba el agotamiento.
Algunos días volvía a casa habiendo vendido casi todo. Otros días volvía con sobras — pero siempre con algo para que sus hijos comieran antes del colegio.
En las noches en que se cortaba la electricidad por pagos atrasados, Marco y Paolo estudiaban a la luz de las velas.
Una de esas noches, Marco rompió el silencio.
"Mamá... Quiero ser piloto."
Teresa se detuvo, aguja en mano.
Piloto.
