En la sala del tribunal, el murmullo bajo de conversaciones susurradas se apagó cuando el alguacil anunció el número del caso.
Ethan Miller, de quince años, dio un paso adelante, con las manos hundidas en los bolsillos de su sudadera enorme. La sonrisa en su rostro dejaba claro que se había tomado toda la situación como una broma.
La acusación fue sencilla: robo en una pequeña tienda de conveniencia en el centro de Detroit. Y no era su primera falta.
Dos semanas antes, Ethan se había metido auriculares, chocolatinas y bebidas energéticas bajo la chaqueta. Cuando el dependiente intentó detenerlo en la puerta, él salió corriendo—solo para ser interceptado por un guardia de seguridad que vigilaba las cámaras.
El informe policial lo calificó de "desafiante, burlón y poco colaborador." Cuando los agentes lo subieron al coche patrulla, él se rió y provocó a uno de ellos. "¿No tienes nada mejor que hacer?"
Ahora, de pie ante la jueza Rebecca Harmon, esa misma sonrisa seguía estampada en su rostro.
Su madre estaba sentada unas filas detrás de él, con las manos temblorosas en el regazo. Su padre no apareció en absoluto.
Mientras el fiscal enumeraba los cargos, Ethan apenas prestaba atención. Golpeó el pie, puso los ojos en blanco y actuó como si todo el proceso estuviera por debajo de él.
