Lo sacrificó todo por su futuro — décadas después, la llevaron a un lugar que nunca soñó

La palabra le sonaba enorme. Caro. Distante.

"¿Piloto, hijo?" preguntó suavemente.

"Sí. Quiero pilotar los aviones grandes... los que despegan de Ciudad de México."

Sonrió, aunque el miedo se agitaba en su pecho.

"Entonces volarás", dijo. "Y yo te ayudaré."

Ya sabía que la escuela de aviación costaba más de lo que podía imaginar.

Cuando ambos chicos se graduaron del instituto y fueron admitidos en una academia de aviación, Teresa tomó la decisión más difícil de su vida.

Vendió la casa.

Vendió la tierra.

Vendió el último recuerdo tangible que tenía de su marido.

"¿Dónde viviremos?" preguntó Paolo en voz baja.

Inspiró profundamente.

"Donde sea que tengamos que ir — siempre que estudies."

Se mudaron a una pequeña habitación alquilada cerca del mercado. El baño se compartía con otras familias. El tejado goteó durante lluvias intensas.

Teresa lavaba ropa para los vecinos. Limpiaba casas en distritos más acomodados. Seguí vendiendo tamales. Aceptaba trabajos de costura hasta altas horas de la noche.

Le crujieron las manos. Le dolía la espalda constantemente.

Pero nunca permitió que sus hijos consideraran dejarlo.