EL REGRESO
Una mañana cualquiera, mientras barreba la entrada de su pequeña casa — modesta pero ahora suya de nuevo tras años de ahorrar — alguien llamó a la puerta.
Ella supuso que era un vecino.
Cuando abrió la puerta, se le cortó la respiración.
Dos hombres altos estaban frente a ella, uniformes impecables y insignias relucientes bajo la luz del sol.
"Mamá..." dijo uno de ellos, con la voz temblorosa.
Marco.
Y a su lado, Paolo.
Ambos vistiendo uniformes de Aeroméxico.
Ambos sosteniendo flores.
Teresa se tapó la boca con manos temblorosas.
"¿Eres realmente tú?"
La abrazaron como si el tiempo se hubiera plegado sobre sí mismo.
Los vecinos empezaron a asomarse al oír el llanto.
"Estamos en casa, mamá", dijo Paolo.
Y esta vez, no era una promesa.
