Cuando Sam conoció realmente a Susan, ella ya llevaba años acostumbrada a la soledad. Tenía 76 años y vivía en una casa antigua frente a la de él.
Durante mucho tiempo, Sam había visto cómo la anciana hacía lentamente sus compras, regaba las plantas y regresaba a casa sin compañía.
Pero lo que más le llamaba la atención era algo diferente. Nunca recibía visitas. Según Susan, sus familiares vivían lejos y tenían sus propias vidas.
Ella nunca hablaba mal de ellos.
—Están ocupados —decía.
Hasta que un día dejó de poder cuidar de sí misma.
Sam llamó a un médico y descubrió que la situación era mucho más grave de lo que imaginaba.
Fue entonces cuando tomó una decisión.
—Te vas a quedar conmigo.
Susan intentó protestar.
—No quiero ser una carga.
—Entonces no seas una carga. Sé mi invitada.
Por primera vez en mucho tiempo, Susan sonrió
