Mi hermana me bloqueó la puerta y se burló: «En las fotos de mi boda no hay gente gorda». Saqué el cheque de 20.000 dólares y lo rompí en pedacitos. ¡Que te diviertas pagando a los proveedores, por culpa del lugar de la celebración!

Vivian palideció tan rápido que su bronceado artificial parecía pintado.

—Mientes —espetó.

Me agaché, recogí del suelo un trozo roto del cheque y se lo puse en la mano temblorosa. —Llámalos.

Mi madre jadeó. —Claire, para.

Me giré hacia ella. —Viste cómo me humillaba.

—Está estresada.

—Es cruel.

El prometido de Vivian, Daniel, apareció al final del pasillo, con el ramillete torcido y la mandíbula tensa. —¿Qué pasa?

Vivian corrió hacia él, con lágrimas brotando sin control. —Claire nos está saboteando. Está celosa porque nadie quiere mirarla hoy.

Daniel me miró con el mismo desdén de siempre. —Paga la cuenta, Claire. No hagas que esto se ponga feo.

Casi me río.

Durante dos años, lo había visto usar relojes falsos y mostrar una arrogancia genuina. Se hacía llamar emprendedor, lo que significaba que tenía tres aplicaciones fallidas, un coche deportivo alquilado y un don para convencer a Vivian de que la deuda era sinónimo de ambición.

«Deberías hablar con tu novia», le dije. «Me acaba de prohibir salir en las fotos que pagué».

Daniel sonrió con sorna. «Quizás tenga principios».

Eso fue suficiente.

No en voz alta. No de forma dramática.

Solo un clic en mi mente.

Saqué mi teléfono y llamé a Marisol, la encargada del lugar. Vivian se abalanzó sobre mí, pero Mark se interpuso sin tocarla.

Marisol contestó al segundo timbrazo. «Claire, ¿todo bien?».