Esa noche, Hanna preguntó qué haría con el dinero de Robert.
"Me quedaré con lo que me pertenece."
"¿Y el resto?"
"Decidiré cuando esté listo."
Robert había pasado años confundiendo el control con el amor. Me quitó la herencia sin permiso, luego me quitó a mi marido, a mis hijos y a mi derecho a decidir cómo afrontaría su muerte.
Podía entender su miedo sin llamar noble al daño.
A la mañana siguiente, vertí café en mi propia taza.
El de Robert permaneció en el armario.
Había pasado treinta y nueve años decidiendo qué podía sobrevivir.
Por fin, elegí por mí misma.
