Nuestra hija se había ido.
Veinte años.
Una víctima de un acto violento que nadie debería experimentar jamás, y menos aún alguien tan joven, tan lleno de vida, tan querido.
El momento en que el mundo se detuvo
El duelo no es una ola. Es un colapso.
El tiempo se fragmentó. El sonido se desvaneció. La habitación parecía demasiado pequeña, luego demasiado grande. Recordamos haber gritado. O tal vez recordamos el silencio. Es difícil saberlo ahora.
Lo único que sabíamos era que el futuro que habíamos estado construyendo —cumpleaños, graduaciones, bodas, nietos— se desvaneció en un instante.
Ella nunca volvería a casa.
Intentando comprender lo insoportable
En los días que siguieron, la gente nos hizo preguntas que no pudimos responder.
“¿Cómo ha podido ocurrir esto?”
“¿Por qué ella?”
¿Estaba sola?
Algunas preguntas no tienen respuesta.
Los demás no tienen respuestas que estemos dispuestos a escuchar.
Lo que sí sabemos es esto:
Nuestra hija no hizo nada malo.
Ella no fue imprudente.
Ella no fue descuidada.
Ella no era responsable de la violencia que sufrió.
Y, sin embargo, pagó el precio más alto.
El peso de la ira y la culpa
El duelo es complicado.
Viene acompañada de ira: hacia la persona que la lastimó, hacia el mundo que no la protegió, hacia un sistema que tan a menudo defrauda a las víctimas.
También conlleva culpa.
¿Le enseñamos a confiar demasiado?
¿Deberíamos haberla llamado esa noche?
¿Podríamos haber hecho algo, cualquier cosa, de manera diferente?
Los padres reviven cada momento una y otra vez, buscando una puerta que pudiera haber conducido a un final diferente.
No hay ninguna.
El silencio que dejó atrás
Su habitación sigue allí.
Su ropa.
Sus libros.
Su aroma permanecía tenuemente en el aire.
Algunos días nos sentamos dentro y le hablamos como si fuera a contestarnos. Otros días, no nos atrevemos a abrir la puerta.
