—"¿Dónde... ¿dónde está?" preguntó con voz afilada.
Daniel pidió sentarse. Elena los condujo a la panadería. Ella ofreció agua, pero sus manos temblaban tanto que él cogió la jarra y la sirvió él mismo.
Daniel empezó a hablar despacio, como alguien que reabre una herida que nunca ha sanado.
Ocho años antes, cuando tenía diecisiete años, vivía con su madre en un pequeño pueblo del interior de Jalisco. Su madre, Teresa, limpiaba casas y apenas ganaba lo suficiente para sobrevivir. Un día llegó a casa con una chica de trenzas largas y ojos asustados. Dijo que la había encontrado sola, llorando cerca de la autopista, y que nadie parecía buscarla.
—"Sabía que algo no iba bien", admitió Daniel, "pero solo era un niño, y mi madre me dijo que no hiciera preguntas."
Con el tiempo, Sofía empezó a hablar. Compartió fragmentos: una playa, un vestido amarillo, una muñeca que había perdido. Teresa dijo que la adoptaría. Nunca la llevó a la policía—temía que se la llevaran.
—"No fue la decisión correcta", dijo Daniel, con los ojos llenos de culpa. "Pero... La quería. De verdad la quería."
Sofía creció como parte de esa familia. Iba al colegio, reía, cantaba. Pero cada noche, antes de dormir, pedía que le leyeran la misma oración a Nuestra Señora de Guadalupe. Dijo que su madre también lo rezaba.
Elena se derrumbó. Ya no intentaba contenerse. Lloró por su marido que había muerto, por los años perdidos, por el niño que había crecido lejos de ella.
—"¿Está viva?" preguntó entre sollozos.
Daniel asintió.
—"Está viva. Y es fuerte. Muy fuerte."
La había visto por última vez dos meses antes. Sofía —ahora una joven de dieciocho años— trabajaba como asistente en una clínica comunitaria. Teresa había muerto el año anterior y, antes de fallecer, confesó todo. Le dijo a Sofía que no era su hija biológica, que la había encontrado en la playa de Puerto Vallarta y que había tenido miedo.
