—"Sofía estaba muy enfadada", dijo Daniel. "Pero ella también la perdonó."
Cuando Elena oyó eso, supo que su hija seguía siendo la misma chica de gran corazón.
Esa misma tarde, fueron juntos a la clínica.
El viaje parecía interminable. Elena apretaba un rosario entre los dedos. Temía que todo fuera un sueño cruel. Temía que Sofía no la reconociera. Temía que Sofía no quisiera verla.
Al entrar, una joven de pelo oscuro y trenzado levantó la vista del mostrador. Sus ojos se iluminaron al ver a Daniel.
—"¿Qué haces aquí?" preguntó con una sonrisa.
Luego miró a Elena.
El tiempo se detuvo.
Elena no dijo nada. No podía. Dio un solo paso adelante. Sofía la estudió atentamente, como si algo antiguo despertara dentro de ella. Vio las manos temblorosas, los ojos llenos de lágrimas, el rostro marcado por años.
—"¿Mamá?" dijo, casi sin darse cuenta.
Elena se llevó una mano al pecho y cayó de rodillas.
No hicieron falta pruebas, trabajos ni explicaciones largas. Se abrazaron como si el cuerpo recordara lo que la mente había olvidado. Lloraban juntos, rían juntos, temblaban juntos.
Durante horas hablaron. Sofía le contó la vida. Elena contó la suya. Hablaban de Javier, del pan dulce, de Roma Norte, de las búsquedas, de noches de oración.
Sofía sacó de su mochila un pequeño objeto gastado: una muñeca de tela.
—"Lo encontré años después", dijo. "Siempre supe que tenía otra vida antes."
Los días siguientes estuvieron llenos de papeleo y pruebas de ADN que confirmaron lo que el corazón ya sabía. La noticia llegó al barrio, a viejos conocidos y a Las Madres Buscadoras—no como una tragedia, sino como un milagro.
