"Dijo que habías estado deambulando por el pueblo", continuó Marcus en voz baja. "Que a veces olvidabas a dónde ibas. Que tenía miedo de que te hicieras daño."
Le miré fijamente.
¿Me había olvidado de cosas?
¿Había señales que ignoré?
Busqué en mis propios recuerdos.
Cada mañana despertándome.
Cada turno en el hospital.
Cada conversación con mis hijos.
Cada factura que pagué.
Cada cita que recordaba.
Nada.
Absolutamente nada.
"Marcus..."
Mi voz salió más débil de lo que esperaba.
"¿Por qué te diría eso mi marido?"
Parecía incómodo.
"Porque dijo que necesitaba ayuda."
"¿Qué tipo de ayuda?"
Marcus respiró hondo.
"Dijo que no podía poner un rastreador en tu móvil porque te darías cuenta."
Todo mi cuerpo se quedó quieto.
"Dijo que necesitaba a alguien fijo. Alguien que simplemente pueda observarte."
Las palabras le parecían irreales.
Mírame.
No protegerme.
No me ayude.
Mírame.
"Quería a alguien que pudiera ver por dónde ibas", dijo Marcus. "Alguien que pueda decirle con quién hablaste."
Miré fijamente al chico.
"¿Y tú aceptaste?"
Su rostro cambió de inmediato.
Qué pena.
Arrepentimiento.
"Necesitaba dinero."
La honestidad de su respuesta hacía imposible enfadarse.
"¿Cuánto?"
Marcus apartó la mirada.
"Trescientos dólares a la semana."
Trescientos.
Cada semana.
Hice los cálculos rápido.
Dos meses.
Ocho semanas.
Al menos dos mil cuatrocientos dólares.
Dinero que me quitaron a mi propia casa.
Dinero que mi marido usó para pagar a alguien para que me siguiera en secreto.
"¿Por cuánto tiempo?" Pregunté.
"Unos dos meses."
Dos meses.
Dos meses de viajes al supermercado.
Dos meses de ir a tomar café.
Dos meses parando en la farmacia.
Dos meses viviendo mi vida normal mientras alguien observaba desde las sombras.
Y nunca me di cuenta.
"¿Qué te pidió exactamente que hicieras?"
Mi voz sonaba extraña.
Casi como si alguien más estuviera haciendo la pregunta.
Marcus se frotó las manos.
"Al principio, era sencillo."
"¿Sencillo?"
"Quería saber a dónde fuiste. Si estabas bien. Si parecías confundido."
Esa palabra otra vez.
Confundido.
Ya odiaba esa palabra.
"¿Qué más?"
Marcus me miró.
"Preguntó si conducías hacia el lago."
Mi corazón se detuvo medio segundo.
La cabaña.
Mi cabaña.
¿Por qué David preguntaba eso?
"¿Qué más?"
Marcus bajó la mirada.
"Entonces las cosas cambiaron."
"¿Cómo?"
"Empezó a hacer preguntas diferentes."
Esperé.
"Quería saber si habías parado en algún sitio después del trabajo."
Sentí un escalofrío.
"Si conocieras a algún hombre."
Se me secó la boca.
"Si compraras alcohol."
Aparté la mirada.
Las luces de la gasolinera se reflejaban en el parabrisas de mi coche.
"Y si parecías confundido."
Marcus repitió la palabra en voz baja.
"Usaba esa palabra mucho."
No respondí.
Porque de repente, todo empezó a conectar.
La tarjeta de visita del abogado.
La nueva cerradura de la oficina.
Las preguntas extrañas.
La forma en que David me lo pidió dos veces esa semana:
"¿Paraste en algún sitio después del trabajo?"
En ese momento, pensé que era algo casual.
Ahora sonaba completamente diferente.
"Marcus..."
Le miré de nuevo.
