"Para Nana, de parte de mamá y papá", leí en voz alta. "Lo hicimos para su graduación. Lo llevó puesto el día que desapareció."
No miró la inscripción.
No lo necesitaba.
"La gente roba cosas", dijo.
"Esa pulsera nunca fue denunciada como robada."
"Podría haber acabado en cualquier sitio."
"¿Cómo?"
"No lo sé."
"Entonces ayúdame a averiguarlo."
Su expresión se endureció.
"Natalie, no."
La palabra fue tan inmediata y definitiva que me dejó atónito.
"¿No?"
"No pienso volver a hacer esto."
"¿Haciendo qué?"
"Corriendo tras otro rumor. Convenciéndonos de que cada desconocido es ella. Llamar a detectives porque alguien cree haber visto a una mujer con el pelo rizado."
"Esto no es un rumor."
"Es una pulsera."
"Es su pulsera."
"No lo sabes."
Mis dedos se cerraron alrededor de él.
"Sí, lo sé."
"Quieres que sea suya."
"¡Tiene su nombre dentro!"
Alzó la voz.
"¡Eso no prueba que esté viva!"
La cocina quedó en silencio.
El café se había derramado por el borde de su taza y se estaba extendiendo lentamente por la encimera, pero ninguno de los dos se movió para limpiarlo.
Miré fijamente a mi marido.
"Nunca dije que demostrara que estaba viva."
Su rostro cambió.
Solo un poco.
Pero lo vi.
Un destello de alarma.
Di otro paso hacia él.
"Dije que alguien la vendió esta mañana."
Felix se frotó la cara con ambas manos.
"De eso hablo. Encuentras un objeto y de repente estás listo para abrir todo el caso otra vez."
"El caso nunca debió haberse cerrado."
"No estaba cerrado."
"Se olvidó."
"Por la policía, quizá. No por nosotros."
"No por mí", corregí.
Sus ojos se clavaron en los míos.
Las palabras quedaron suspendidas entre nosotros.
Cruel, pero cierto.

Felix había dejado de buscar hacía años.
