Mi padre era uno de los hombres más ricos del pueblo. Su vida giraba en torno a contratos, inversiones y asociaciones empresariales. Por desgracia, me miró igual. Durante años, me dijo que mi matrimonio sería "el trato más importante que nuestra familia haría jamás." Ya había planeado que me casara con el hijo de su amigo más rico para fusionar las dos empresas y consolidar la fortuna familiar. Nadie me preguntó qué quería. Para él, mis sentimientos solo eran un obstáculo para sus planes.
Una tarde, intentando alejarme de todo, paseaba por la ciudad sin ningún objetivo. Entonces vi a un joven que, cojeando ligeramente, estaba limpiando las hojas frente a un edificio antiguo. No parecía alguien que hubiera perseguido dinero o estatus. Había una paz en su rostro que no había visto en nadie en mucho tiempo. No sé qué pasaba por mi cabeza, pero me acerqué a él y le dije: "Necesito un marido. ¿Qué tal si nos casamos hoy?" Me miró asombrado, pensando que estaba bromeando. Le expliqué el plan de mi padre, le dije que quería escapar de la vida que alguien más había escrito para mí y le ofrecí dinero por lo que llamé un "contrato de libertad".
No me miró durante unos momentos. Luego extendió la mano y dijo: "Soy Ethan. Si de verdad quieres esto, estoy de acuerdo." Esa misma tarde, nos pusimos delante del registro civil sin vestimenta formal, sin flores y sin familia. Solo nosotros dos y dos testigos confundidos. Cuando salimos del edificio, sonrió y dijo: "Supongo que a partir de hoy somos un equipo." Por primera vez en mucho tiempo, sentí que estaba tomando mi propia decisión sobre mi vida. Pero sabía que la verdadera tormenta aún estaba por llegar.
