Después del accidente
Cinco años antes, una carretera lluviosa y un conductor descuidado lo cambiaron todo.
Recordaba más destellos que detalles: el sonido agudo de los frenos, James gritando mi nombre, el techo del hospital, mi madre llorando en un pañuelo, médicos hablando con voz cuidadosa.
Cuando desperté del todo, James estaba a mi lado.
Tenía puntos en una ceja y moratones en la cara, pero me sujetaba la mano como si fuera lo único que le mantenía con vida.
"Estoy aquí", seguía diciendo. "Estoy aquí mismo."
Y lo estaba.
Aprendió a plegar mi silla de ruedas dentro del coche. Aprendió a ayudarme a transferirme sin hacerme sentir impotente. Cambió las estanterías de la cocina para que pudiera alcanzar las tazas. Instaló rampas, ensanchó puertas y nunca se quejó cuando nuestra vida se volvió más pequeña, lenta y complicada.
La gente le llamaba un marido maravilloso.
Le llamaba mi ancla.
Pero los anclajes también pueden cansarse.
Ese era el miedo que nunca dije en voz alta.
Quizá el amor podría sobrevivir a hospitales, facturas, dolor y planes cambiados.
¿Pero podría sobrevivir para siempre?

