"Encontré las notas de tu padre en una vieja caja de almacenamiento."
Le miré fijamente.
"Pensé que podría solucionarlo antes de que alguien saliera herido."
"Deberías habérmelo dicho."
"Lo sé."
Se le quebró la voz.
"Tenía miedo."
"¿Para ti?"
Negó con la cabeza.
"Para ti."
Esas tres palabras me rompieron el corazón.
Porque por fin lo entendí.
No se escondía de mí.
Intentaba protegerme.
Amos fue arrestado.
Las pruebas descubiertas en la cabaña finalmente lo relacionaron con las tres desapariciones de veintidós años antes.
Tras décadas de preguntas sin respuesta, tres familias finalmente recibieron la verdad que tanto esperaban.
Las cien rosas amarillas permanecieron en evidencia policial.
No quería volver a ver otra rosa amarilla.
Semanas después, Daniel y yo estábamos sentados juntos en nuestro porche.
La noche fue tranquila.
Tranquilo.
El mismo tipo de silencio que antes parecía normal.
Pero ahora se sentía precioso.
Le miré.
"Las flores no eran para mí."
Daniel apretó mi mano.
"No."
"Eran para ti."
Él asintió.
Durante mucho tiempo, ninguno de los dos habló.
Entonces finalmente entendí la parte más extraña de todo.
Las rosas no habían sido un gesto romántico.
No habían sido enviados para destruirme.
Habían sido una advertencia.
Un mensaje de un asesino que creía poder controlar el pasado.
Pero había cometido un error.
Subestimó a las personas que aún buscaban la verdad.
Mi padre.
Daniel.
Y yo.
Veintidós años después de que mi padre persiguiera por primera vez el misterio de las rosas amarillas, su última pista finalmente nos trajo de vuelta.
