PARTE 1 — DEJADOS ATRÁS EN EL DESIERTO
Su risa aún aparece a veces en mis pesadillas, aguda y cruel bajo el rugido de un motor. Pero aquella tarde abrasadora de hace cinco años, cuando una camioneta plateada desapareció en una curva en el desierto de Arizona, fue el sonido más fuerte del mundo.
"¡Kyle, para!" Grité, corriendo tras el camión. "¡Esto no tiene gracia!"
Mi marido se quedó al volante mientras sus hermanos, Brad y Chase, se apoyaban por las ventanas con los móviles en alto, grabando mi pánico.
"¡Suerte, Lena!" gritó Chase. "¡Nos vemos en trescientos millas!"
Entonces el camión desapareció.
Me quedé solo junto a una gasolinera casi abandonada, esperando a que volvieran. Me repetía a mí misma que era otra broma estúpida y que Kyle pronto volvería con la sonrisa juvenil que una vez me hizo confiar en él.
Pero la carretera seguía vacía.
El edificio se llamaba Cactus Jack's Last Chance Gas. Un cartel desvaído advertía que la siguiente estación estaba a ochenta y siete millas de distancia. Más allá de la única bomba de combustible y la pequeña tienda de conveniencia, no había nada salvo calor, maleza del desierto y montañas lejanas.
Entonces recordé que mi bolso, cartera y móvil estaban dentro del camión.
Kyle me pidió que le comprara una bebida energética. Como creía que solo estaríamos allí dos minutos, lo había dejado todo atrás.
Dentro de la tienda, pedí al dependiente que usara el teléfono.
"El teléfono público está por detrás", dijo sin apartar la vista de su televisor.
"No tengo dinero. Mi marido se fue con mis cosas."
"Normalmente vuelven. Espera fuera."
El teléfono público había sido dañado y ya no funcionaba. Volví a la acera y me senté en la estrecha franja de sombra junto al edificio.
Fue entonces cuando finalmente entendí que el incidente no era una broma aislada. Era la última crueldad en un patrón que llevaba años fingiendo no ver.
